BIOÉTICA Y RELIGIÓN:

JAVIER GAFO S.I., IN MEMORIAM

(Lacadena ;J. R.)

I. JUSTIFICACIÓN

LA MUERTE DE JAVIER GAFO, UNO DE LOS PIONEROS DE LA BIOÉTICA EN ESPAÑA Y EN IBEROAMÉRICA, JUSTIFICA QUE SE LE RINDA HOMENAJE EN ESTA PÁGINA WEB SOBRE “GENÉTICA Y BIOÉTICA” DADO QUE, COMO SE PUEDE CONSTATAR EN SUS DATOS BIOGRÁFICOS, LOS PROBLEMAS GENÉTICOS FUERON EN MUCHAS OCASIONES OBJETO DE SU REFLEXIÓN BIOÉTICA.

 

1. MI RELACIÓN PERSONAL CON JAVIER GAFO

Conocí a Javier Gafo en un seminario sobre “Etica y Biología” que organizó el Prof. Rafael Alvarado en el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos en Septiembre de 1979. En aquella ocasión me regaló su libro “El aborto y el comienzo de la vida humana”y en la dedicatoria ponía “... alegrándome de haberte conocido”. Sin duda que los dos nos alegramos porque nuestra amistad ha sido verdadera y fecunda.

Nuestro interés común por la Bioética fraguó en un grupo de trabajo que durante los años 1985 y 1986 se reunió asiduamente en la Universidad Pontificia Comillas (UPCo) de Madrid para estudiar el tema de las “nuevas técnicas de reproducción humana” que cristalizó en un libro en el que Javier Gafo actuó como editor. Este libro fue el germen de la colección “Dilemas éticos de la Medicina actual” a la que haré referencia más adelante.

Esas reuniones fueron también el germen de los seminarios que más tarde, desde 1987, quedaron institucionalizados como actividad anual propia de lo que habría de llegar a ser la Cátedra de Bioética de la UPCo.

Mi colaboración con Javier Gafo se fue haciendo cada vez mayor: lo mismo actuábamos a dúo como ponentes en temas bioéticos que tuvieran que ver con la Genética (yo abordaba el aspecto científico y él los problemas éticos), que nos requeríamos mutuamente para participar en reuniones o cursos interdisciplinares que cada uno de nosotros organizaba o participábamos con algún capítulo en el mismo libro que el coordinó (por ejemplo, “La homosexualidad: Un debate abierto”, Desclée de Brouwer, 1997).

En las actividades de la Cátedra de Bioética que él creó y dirigió, he colaborado en la organización de los seminarios que institucionalizó y actuado como ponente en algunos de ellos (publicados en la colección “Dilemas éticos de la Medicina actual”), he participado como profesor en las dos ediciones del Master en Bioética que creó en 1997 y en 1998 fui propuesto como miembro del Comité Asesor de la Cátedra desde el que he formado parte de la Comisión de Becas de la Fundación Caja Madrid para investigación en Bioética, habiendo tenido el honor de que él me designara su sustituto en la presidencia de dicha comisión por razón de su grave enfermedad.

Es para mí un triste deber el escribir estas líneas in memoriam del que fue mi gran amigo Javier Gafo, pero lo hago con gozo si con ello contribuyo a honrar su memoria. Como dice la canción: “algo se muere en el alma, cuando un amigo se va”.

 

2. ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS DE JAVIER GAFO: SU FORMACIÓN HUMANISTA, TEOLÓGICA Y CIENTÍFICA

 

Javier Gafo Fernández nació en Madrid el 31 de Julio de 1936 y murió, también en Madrid, el día 5 de marzo de 2001 en la enfermería del Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo de la Compañía de Jesús. Toda su vida estuvo ligada a los jesuitas puesto que estudió el bachillerato en el Colegio de Areneros de Madrid y luego profesó como tal.

Su formación humanista y teológica se la debió a la Compañía de Jesús, donde ingresó en 1955, ordenándose sacerdote el 26 de Junio de 1968 en la Iglesia de San Francisco de Borja. Tras hacer estudios de Humanidades en el Colegio de San Estanislao de Aranjuez, se licenció en Filosofía en la Facultad de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares (1962) y en Teología en las Facultades de Innsbruck y de Comillas (1972). Obtuvo el grado de Doctor en Teología Moral por la Universidad Gregoriana de Roma en 1976, defendiendo su tesis sobre “El aborto y el comienzo de la vida humana”. Su tesis, que fue dirigida por el P. Edouard Hamel S.I., se publicó en 1979 (Editorial Sal Terrae), marcando así el comienzo de su especialización bioética.

Su formación científica la adquirió sobre la base de su licenciatura en Biología en la Facultad de Ciencias de la Universidad Complutense, que terminó con Premio Extraordinario (1966). Antes de ingresar en la Compañía de Jesús había cursado dos años de la licenciatura de Ciencias Químicas en la Universidad Complutense; estudios que dejó para entrar en el noviciado de los jesuitas. En relación con el mundo universitario, hay que señalar también que fue director del Colegio Mayor Nuestra Señora de Africa de la Universidad Complutense.

 

II.      BIOÉTICA

 

La Bioética -nexo de unión entre la cultura científica biológica y la cultura humanística- trata de hacer juicios de valor ético sobre los hechos biológicos (en el sentido amplio del término; es decir, biológicos y biomédicos) para obrar en consecuencia. La Bioética puede tener como objeto directo al hombre (bien sea a nivel de individuo, de población o de especie), al resto de los seres vivos (microorganismos, plantas y animales) o incluso, aunque parezca un contrasentido, a la propia naturaleza inanimada.

Javier Gafo tenía esa visión global de la Bioética, no quedando sus reflexiones restringidas a la Bioética humana (sea la Bioética Clínica o Médica, la manipulación genética, el comienzo y el final de la vida, etc.). Prueba de ello son los seminarios anuales que institucionalizó desde 1986 en la Cátedra de Bioética que dirigía en la Universidad Pontificia Comillas y de los que me honro de ser, en alguna manera, cofundador con él y a los que nunca he faltado. Todos los años, a final de curso nos reuníamos para fijar el tema del seminario del año siguiente. En estos seminarios se han tratado temas diversos como la reproducción asistida humana, la manipulación genética, el SIDA, la eutanasia, la ecología, la deficiencia mental, la biotecnología, el asesoramiento genético, la ancianidad, los trasplantes de órganos, las perspectivas bioéticas del final de la vida desde el punto de vista de las diferentes religiones, los transgénicos y, por último, los derechos de los animales que diseñamos juntos cuando él estaba ya en la fase final de su enfermedad. Las ponencias presentadas en cada seminario se han recogido como capítulos en los correspondientes libros que, en número de catorce, constituyen la Colección “Dilemas éticos de la Medicina actual” editada por la UPCo.

En una actividad paralela, en 1995 inició -en colaboración con la institución Promi de Córdoba que dirige el Dr. Juan Pérez Marín- unos seminarios anuales sobre problemas éticos de la deficiencia mental, parecidos en su estructura organizativa a los anteriores y que también han cristalizado en la Colección “Dilemas éticos de la deficiencia mental”, tratándose temas relacionados con el trabajo de los deficientes mentales, el matrimonio, el comienzo de la vida, el final de la vida, la familia, la integración social, etc.

Por otro lado, creó también Javier Gafo la Colección “Cátedra de Bioética” en la que participan colaboradores suyos, habiéndose publicado libros sobre el SIDA (J.Ferrer), la afectividad y sexualidad del deficiente mental (J.R.Amor), la Bioética y la Antropología (J. Masiá) y la terapia génica (L.Feito). En esta misma colección pensaba Javier Gafo publicar en el año 2001 su “Manual de Bioética”, que era su gran ilusión. Una semana antes de morir me recordaba mi compromiso de escribir para esa colección un libro sobre “Genética y Bioética”.

Javier Gafo fue un trabajador incansable. Su actividad al frente de la Cátedra de Bioética, además de los seminarios mencionados, se plasmó en la organización y dirección de un Master en Bioética que empezó a impartirse en el curso 1997-98.

Fue, además, un escritor prolífico, tanto de artículos de revistas como de libros, con títulos como “Nuevas perspectivas en la moral médica” (Ibérico Europea de Ediciones, 1978), “El aborto y el comienzo de la vida humana” (Editorial Sal Terrae, 1979), “El aborto ante la conciencia y la ley” (PPC, 1982), “La eutanasia” (BAC, 1985), “Eugenesia: una problemática moral reactualizada” (Universidad Pontificia Comillas, 1985), “La eutanasia y el derecho a una muerte humana” (Temas de Hoy, 1989), “Problemas éticos de la manipulación genética” (Ediciones Paulinas, 1992), “10 palabras clave en Bioética” (Editorial Verbo Divino, 1993; 3ª edición ampliada en 1997), “Etica y legislación en Enfermería” (Editorial Universitas, 1994), “Conferencia Internacional de El Cairo sobre población y desarrollo” (PPC, 1995), “Sida y tercer mundo” (PPC, 1998), “Eutanasia y ayuda al suicidio” (Desclée de Brouwer, 1999)

Actuó como editor de muchos libros, como, por ejemplo, “La homosexualidad: Un debate abierto” (Desclée de Brouwer, 1997). Asimismo escribió capítulos de otros libros.

Sus artículos en revistas, en número superior a 70, los publicó mayoritariamente en “Razón y Fe” y en “Sal Terrae”.

La Declaración Universal de la UNESCO sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos de 1997 estimula a todas las naciones a educar en Bioética a la sociedad a todos los niveles. La vida de Javier Gafo, desde que iniciara su tesis doctoral en Teología sobre el tema “El aborto y el comienzo de la vida humana” ha estado dedicada de forma prioritaria a la Bioética. Además de su actividad al frente de la Cátedra de Bioética y de sus numerosas publicaciones, fue un conferencista que recorrió toda España e Iberoamérica, contribuyendo con creces a esa labor educativa que reclamaba urgentemente la UNESCO, especialmente en el ámbito de las comunidades religiosas y en el mundo de la Sanidad.

En ese compromiso de educar en Bioética, Javier Gafo acudía a innumerables foros de discusión abierta (radio, televisión, mesas redondas, entrevistas, etc.) y su opinión era un referente nacional e internacional. En bastantes ocasiones tuve ocasión de compartir con él esos foros.

 

III.    BIOÉTICA Y RELIGIÓN

 

            Recientemente  (Lacadena,J.R. 2001. Fe y Biología: Una reflexión personal, PPC, Madrid), he tenido ocasión de expresar mi opinión acerca de la relación entre Bioética y Religión en el doble sentido de que, por un lado, algunos bioeticistas han hecho de la Bioética su religión mientras que, por otro lado, algunas instituciones eclesiales han volcado su actividad y extremado su vigilancia sobre los temas bioéticos y los bioeticistas como si de la ortodoxia de antaño se tratara.

Javier Gafo, como teólogo y experto en Bioética, fue miembro de la Comisión Teológica Episcopal de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española desde el año 1988 al 2000, a la que asesoró durante muchos años en problemas bioéticos importantes.

Como, además de su formación filosófica y teológica como jesuita, Javier Gafo era licenciado en Biología, estaba especialmente capacitado para comprender la base biológica y genética de los hechos sobre los que había que hacer la reflexión bioética. Yo le he oído decir muchas veces que “para hacer una buena Bioética, hay que partir de unos buenos datos científicos”. ¡Cuántas veces se escuchan y leen opiniones bioéticas a personas que o no conocen o no entienden las bases científicas correctas de aquello sobre lo que hablan! Javier Gafo tenía la humildad y la prudencia de saber pedir consejo: ¡cuántas veces me llamaba por teléfono para preguntarme cuestiones relacionadas con la Genética!

Por su condición de religioso jesuita y sus conocimientos biológicos, Javier Gafo se encontraba muchas veces en situaciones difíciles, no ante sí mismo sino ante la jerarquía eclesiástica, por sentirse en la obligación moral bioética de tener que decir cosas o mantener criterios que no siempre gustaban escuchar desde posiciones conservadoras. Yo solía decirle -y él lo comentaba frecuentemente- que tenía que hacer “funambulismo bioético” en la cuerda floja. Esta situación le produjo más de un sinsabor. Recuerdo la amargura y tristeza que le produjo el tratamiento injusto que recibió en una crítica acerba que vertían contra él en una publicación de ámbito nacional hace no mucho tiempo.

Decía antes que, en ocasiones, la Bioética y los bioeticistas son el objeto del análisis y vigilancia de determinadas instancias eclesiales. Aquí sería oportuno recordar que los “signos de los tiempos” de que habla el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, núms. 4 y 5) también se refieren a los nuevos datos científicos que pueden arrojar nuevas perspectivas en el planteamiento y la discusión ética y teológica de ciertos problemas biológicos. Por eso me parece oportuno recoger aquí las reflexiones que sobre el diálogo Ciencia-Creencia hice en la publicación antes mencionada.

Dentro del contexto Ciencia-Creencia, puede ser conveniente hacer algunas consideraciones sobre la Teología y el Magisterio –como componentes de la Creencia– y la Ciencia.

La fe es creer; la Teología trata de hacer comprensible la fe porque –en palabras de San Anselmo– “sería una gran negligencia el no tratar de comprender lo que creemos”. La ciencia progresa gracias al planteamiento de preguntas importantes hechas por científicos excepcionales. Como dice Khun, la Ciencia no crece –al menos en sus momentos más decisivos, por otro lado cada vez más próximos entre sí en el tiempo por la aceleración histórica– por acumulación de contenidos sino por cambios de paradigmas; es decir, concepciones radicalmente nuevas de un determinado campo científico. Ello puede implicar cambios en la Teología, tal como sucedió con el concepto teológico de Creación como consecuencia del paradigma de la teoría biológica de la evolución. Como señalaba el profesor de Genética y jesuita Julián Rubio (“Implicaciones entre ciencia y creencia desde las ciencias positivas”, en Ciencia-creencias, Rubio, J.; Estruch, J.;Villamarzo, P.F. eds.), Universidad Pontificia Salamanca, pp.15-47, 1982), los momentos de aceptación de un nuevo paradigma por parte de la comunidad científica son los críticos en la relación Ciencia-Creencia. Muchas veces la Teología ha necesitado abrirse a los nuevos paradigmas por la presión creciente de los creyentes que se sienten desconectados de la realidad del mundo que les rodea: son los “signos de los tiempos” de los que habla el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et spes (n.5). El problema –decía Rubio– es que la reacción teológica no se produce en el momento histórico crítico, sino con retraso, a veces excesivo, debido a la falta de intercomunicación (¿recelo?) entre la Teología y la Ciencia. Frecuentemente, los primeros pasos hacia delante de individuos o grupos pioneros son frenados por lo que Rubio llamaba “adaptación epidérmica” de la comunidad creyente y que consideraba peor que la de un rechazo inicial que podría luego ser superado. Por “adaptación epidérmica” entendía Rubio el hecho constatado de que ante las nuevas situaciones la comunidad creyente  proclama la autonomía del saber humano (Concilio Vaticano I) cuyos nuevos frutos acoge como dones de Dios; se crean comisiones de expertos por ambos lados, se promueve la enseñanza de tales conocimientos científicos en centros e instituciones confesionales..., pero la efectividad es poca, la actitud es, quizá, excesivamente a la defensiva, cautelosa y reticente. En definitiva –decía Rubio– uno percibe con desasosiego el forcejeo y la manipulación que conducen a un resultado final de ajuste a todas luces insuficiente. Sin ignorar el riesgo de aceptar el conocimiento humano como algo definitivo, sería de desear que los teólogos aceptaran las sugerencias de los científicos que echan de menos una mayor permeabilidad de la Teología a la influencia positiva de otras ciencias.

Muchas veces la dificultad surge porque aunque el teólogo tiene una legítima libertad científica, ésta no puede traspasar las fronteras que le pone la naturaleza misma de la ciencia teológica, tal como se expresó el Obispado de Rottenburg sobre el teólogo Hans Küng. Por ello, reflexionaba Rubio sobre las consecuencias graves producidas por exageraciones en la amplitud o el valor del magisterio ordinario. Aunque el ejemplo puede resultar extremo, me viene a la memoria la reciente rehabilitación de Galileo por parte de la Iglesia Católica.

Llegados a este punto, es conveniente hacer referencia a la postura del Magisterio de la Iglesia Católica, manifestada en documentos oficiales y declaraciones de los papas. Aunque en ocasiones pueda parecer prolijo, es interesante transcribir los fragmentos de tales documentos que tienen que ver con el diálogo Ciencia – Fe y que, a todas luces, son extrapolables a la Bioética.

El Magisterio de la Iglesia quedó patentizado en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, de la que entresacamos los siguientes puntos:

 

4.   “Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época”

5.      “La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de vida están vinculadas a una revolución global más amplia, que da importancia, en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a las que tratan del propio hombre; y en el orden práctico a la técnica y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar...Los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aún influir directamente sobre la vida de las sociedades...La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que...el género humano corre una misma suerte y no se diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas síntesis.

 36. “Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia...La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe...Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe”

57. “Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales, debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla suprema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más altas.

Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas”

59. “El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I (Const. Dogm. de fe católica, Dei Filius, c.4; cf. Pío XII, enc. Quadragesimo anno), declara que “existen dos órdenes de conocimientos” distintos, el de la fe y el de la razón y que la Iglesia no prohibe que “las artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios principios y de su propio método..., cada una en su propio campo”; por lo cual, “reconociendo esta justa libertad”, la Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias.

Todo esto pide también que el hombre, salvado el orden moral y la común utilidad, pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión, lo mismo que practicar cualquier ocupación, y, por último, que se le informe verazmente acerca de los sucesos públicos (cf. Juan XXIII, enc. Pacem in terris)”.

62. “Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades el compaginar la cultura con la educación cristiana.

Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de la fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquella. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado (cf. Juan XXIII, Homilía en la apertura del Concilio, 11 octubre 1962)...

...Compaginen [los fieles] los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu vayan en ellos al mismo paso que el conocimiento de las ciencias y de los diarios progresos de la técnica; así se capacitarán para examinar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.

Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universidades, empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en las diversas ramas del saber un más pleno conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy provechosa para la formación de los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros contemporáneos las doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente aceptable por parte de ellos. Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex professo a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los campos que son de su competencia”.

 

 En este contexto habría que resaltar el criterio respetuoso, pero firme, de Javier Gafo ante algunas declaraciones o documentos oficiales de la Iglesia como pudo ser, en su momento, la Instrucción Donum Vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. También se pueden traer aquí a colación las prudentes líneas que incluye al final de su tesis doctoral sobre “El aborto y el comienzo de la vida humana” (págs 258 y 259 del libro publicado en 1979) donde dice:

“Creemos que nuestra postura no contradice el núcleo de la tradición de la Iglesia [...] Sin embargo, consideramos que la fidelidad al Magisterio significa no solamente una aceptación plena de cuanto de él dimana, sino, al mismo tiempo, el intentar aportar luz desde el campo de nuestra especialización, a un problema en sí mismo complejo y en el que está implicado el valor de la vida humana. Con este espíritu hemos redactado este trabajo, aceptando que la presunción está a favor del Magisterio y que la duda suscitada por las opiniones de un teólogo no invalida la posición oficial.”

Por su talante dialogante, algunos bioeticistas han visto la figura de Javier Gafo como el puente tendido entre la bioética religiosa (católica) y la bioética civil secular. El perteneció a muchas comisiones de índole civil (Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida, Comité de Expertos en Bioética y Clonación, Comité para el Estudio del Estatuto del Embrión Humano, etc.) que reunían las condiciones para ser unas buenas comisiones deliberantes de Bioética tal como propugna la Declaración Universal de la UNESCO de 1997 sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos; es decir, ser independientes, pluridisciplinares y pluralistas. Su reflexión era siempre serena, equilibrada y abierta, sin renunciar a sus propios criterios morales. En algún caso hizo constar en los informes finales su voto particular.

A estas alturas, ya Dios le habrá explicado cara a cara la solución a los temas biológicos fundamentales que le preocupaban tales como el del estatuto del embrión, por citar alguno entre tantos otros.