EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD:

EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Y EVOLUCIÓN CULTURAL

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I. GÉNETICA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO

Resumiendo drásticamente todo lo que la evolución es, podemos decir que entre el ADN de las primeras formas de vida aparecidas y el ADN humano median de tres a cuatro mil millones de años durante los cuales la molécula de ADN se ha mantenido esencialmente invariable tanto en sus propiedades fisicoquímicas como genéticas: esto es, como molécula portadora de información con capacidad de conservación (autorreplicación), mutación y recombinación. Dichos ADN sólo se diferencian, por un lado, en la cantidad y calidad de información que contienen y, por otro lado, en su organización -los cromosomas- más compleja al pasar de los organismos más primitivos (los procariontes. virus y bacterias) a los más evolucionados (los eucariontes, organismos uni- o pluricelulares con núcleo celular definido).

Al ir variando cuantitativa y cualitativamente el ADN, de las formas más primitivas de vida surgen de manera progresiva nuevos organismos y ciclos vitales: es el proceso evolutivo.  Dentro de él, y considerando ya sus últimas etapas, se produjo a partir de los Dryopithecus hace unos quince o veinte millones de años la separación de las líneas filéticas de los póngidos (chimpancé, orangután, gorila) y los homínidos.  A partir de este momento, en la línea filética humana se van sucediendo los Ramapithecus (que vivieron hace unos ocho o catorce millones de años), los Australopithecus afarensis (hace unos cuatro millones de años), A. africanus (hace unos tres millones de años), y el género Homo: Homo habilis (dos millones de años), Homo ergaster, Homo erectus (un millón de años), Homo antecessor (800.000 años) y Homo sapiens (H. sapiens neanderthalensis, el hombre de Neanderthal, que vivió hace unos doscientos a cien mil años, y H. sapiens sapiens, el hombre de CroMagnon, que vivió hace unos treinta y cinco a cuarenta mil años y cuyos restos óseos son ya iguales a los del hombre moderno).

Dentro de este proceso se produce la aparición de la inteligencia gracias a una serie ininterrumpida de cambios anatómicos genéticamente determinados que favorecen el desarrollo progresivo del cerebro (cerebralización) de manera que a partir de cierto momento el cerebro del homínido puede ejercer la actividad intelectual, pudiendo aprehender el medio que le rodea no sólo ya como un mero estímulo, sino como una realidad producto de una reflexión.  Cuando esa capacidad de reflexión se vierte hacia el propio individuo nace la consciencia de sí mismo; el homínido ha alcanzado el punto crítico de su hominización que lo ha elevado a la categoría de ser humano, de persona: es Adán en el sentido conceptual de grupo humano .

II. COMPORTAMIENTO HUMANO INDIVIDUAL

 El comportamiento puede definirse como cualquier reacción a cualquier estímulo. Un estudio genético del comportamiento humano a nivel individual podría sistematizarse considerando separadamente la percepción de los sentidos, la estructura de la personalidad, la inteligencia y las anomalías de la razón.

El análisis genético formal de cualquier carácter en cualquier organismo implica la existencia de varias alternativas en su manifestación; en algunos casos las alternativas se definen como presencia o ausencia, en otros como normalidad o anormalidad, etc. Por ejemplo, las anomalías genéticas en relación con la percepción de los cinco sentidos en la especie humana pueden afectar a los órganos receptores (sensoriales), a los efectores (musculares o glandulares) o al sistema intermediario conductor (nervioso o endocrino).  Es decir, la acción genética primaria puede afectar a los órganos sensoriales, cambiando la información recibida; al sistema nervioso o endocrino, alterando las capacidades de coordinación y percepción; o a los órganos efectores musculares o glandulares, modificando la respuesta.  En cualquier caso la pauta del comportamiento vendrá modificada.

Dentro del contexto del determinismo biológico en que tratamos de centrar el tema es evidente que nadie se atrevería a negar la evidencia experimental del determinismo genético que afecta al sentido de la vista en el caso del daltonismo, al del gusto en el caso de la incapacidad gustativa para ciertas sustancias (la feniltiocarbamida, por ejemplo) o al del oído en ciertos casos de sordomudez.  En otros casos, como ocurre, por ejemplo, con la lateralidad, aunque parece haber un cierto control genético, su determinismo aún no está bien comprendido.

Tampoco parece que habría dificultad por parte de nadie en aceptar la evidencia de un determinismo genético de ciertas anomalías de la razón, para cuyo estudio sería conveniente dividirlas en dos grupos distintos, según que la alteración implique debilidad mental (con inteligencia subdesarrollada) o solamente psicopatía con inteligencia normal o incluso superior a la normal.  Casos como el de la fenilcetonuria (idiotez fenilpirúvica) producida por una mutación recesiva que origina una deficiencia en el hígado de la fenilalanina hidroxilasa (enzima responsable del metabolismo fenilalanina a tirosina), produciéndose una intoxicación de las células del cerebro del recién nacido por acumulación en ellas de ácido fenilpirúvico, son un claro ejemplo de determinismo genético.  Otro tanto podría decirse de los síndromes del “mongolismo (Down)”, “grito de gato”, “boca de carpa” etc., producidos por anomalías cromosómicas bien conocidas. (Ver el artículo sobre “Genética y deficiencia mental” en esta página web).

Sin embargo, en otras ocasiones, como ocurre con el caso de la constitución cromosómica anormal XYY (síndrome duplo Y) relacionada por algunos investigadores con un comportamiento agresivo y negada radicalmente cualquier evidencia experimental por otros, la problemática del determinismo biológico es más difícil de analizar, habiéndose llegado en ocasiones a una polémica extracientífica en la que la objetividad brilla por su ausencia. En éste, como en cualquier otro caso, el aceptar o rechazar a priori una teoría no proporciona argumentos científicos, y ya en la historia de las Ciencias Naturales hay muchos ejemplos que prueban la inadecuación de las posturas apriorísticas.  Como señala Hook,  la cuestión debe plantearse en los siguientes términos: ¿Es más frecuente la ocurrencia de personas XYY en las instituciones penales que en la población general?  En caso afirmativo, ¿qué relación causa-efecto hay entre la constitución XYY y el comportamiento por el que dichas personas fueron internadas en tales instituciones?, ¿qué riesgo hay de que un niño recién nacido XYY manifieste en el futuro un comportamiento agresivo en comparación con otro niño cualquiera de constitución normal XY nacido y criado en circunstancias semejantes?  Hoy por hoy parece bien probada la respuesta afirmativa a la primera cuestión, pero todavía se desconocen las respuestas correctas a las dos últimas.

En esta controversia hay que mencionar las fuertes presiones a que se vieron sometidos hace unos años los científicos de la Universidad de Harvard que habían iniciado en una maternidad de Boston un programa de prospección de recién nacidos XYY y que les llevó a detener sus investigaciones.  En la lucha contra este tipo de investigación se distinguió el denominado grupo “Science for the People”, quienes, entre otras causas, argüían que los riesgos del estudio sobrepasaban con mucho los muy cuestionables beneficios. Entre los riesgos se incluía, lógicamente, el daño moral que se podía infringir tanto al niño como a los padres.  Sin embargo, los comités científicos de la Universidad de Harvard consultados no determinaron directamente que se detuviera la investigación, sino que fueron las presiones de las fuerzas sociales, apoyadas por los medios de comunicación, los que al final lograron que los investigadores desistieran de su interés científico legítimo.

Por su parte, las psicopatías con inteligencia normal también han mostrado tener un cierto componente genético en lo que se refiere a la epilepsia, la esquizofrenia, psicosis maníaco depresiva, etc.  No obstante, en este tipo de anomalías del comportamiento hay que tener en cuenta la posible influencia psicológica que los antecedentes familiares pueden ejercer sobre personas genéticamente normales contribuyendo a su propio desequilibrio.

La personalidad, definida como el conjunto integrado de los rasgos del temperamento y carácter del individuo, puede ser también motivo de controversia en cuanto al determinismo biológico se refiere.  Pinillos distingue como temperamento o genio “al conjunto de disposiciones afectivas que predominan y tiñen las reacciones habituales de un sujeto y, muy especialmente, sus relaciones interpersonales”, y por carácter, a “aquellos hábitos de comportamiento adquiridos a lo largo de la vida y de los que, en consecuencia, el propio individuo es más o menos responsable”.  Como señala este autor, es muy difícil establecer dónde termina el temperamento—lo biológico- y dónde comienza el carácter (lo adquirido). De cualquier manera, de la interacción de ambos factores con los estímulos externos resulta el fundamento del comportamiento habitual del individuo.

La relación entre los tipos somáticos y la personalidad es un hecho constatado, definiéndose el biotipo de un individuo como el conjunto de sus características morfológicas, fisiológicas y psicológicas. No cabe duda que puesto que la fisiología del individuo influye en su biotipo, estamos aceptando implícitamente la existencia de un determinismo genético. Aparte de la influencia que el propio ambiente familiar pueda tener, a nadie le extraña que si los padres son de biotipo nervioso, los hijos también lo sean, o linfáticos si sus padres lo son.

En su afán, a mi juicio exagerado y poco objetivo, de luchar contra el determinismo biológico bajo cualquiera de lo que ellos consideran sus cuatro principales formas sociales (racismo, superioridad de clase, sexismo y naturaleza humana), Lewontin y colaboradores niegan de forma excesivamente radical la influencia de la condición biológica del hombre -la naturaleza humana- sobre su propio comportamiento individual y social. Es obvio que en muchos casos una determinada pauta de comportamiento de una persona no tendrá nada que ver con su naturaleza o soporte biológico, pero ello no invalida otros muchos casos en los que la constitución genética del individuo está jugando un papel más o menos importante en ese patrón de conducta.

En términos genéticos se dice que el fenotipo es la expresión del genotipo en un ambiente determinado, pudiéndose expresar por la ecuación P=G+E+IGE, donde P=fenotipo, G=genotipo, E=ambiente, IGE=interacción genotipo-ambiente.  En otras palabras, la manifestación externa de un carácter depende de los genes que lo determinan y del  efecto que el ambiente pueda tener sobre la propia constitución genética del individuo.  En algunos casos, para algunos caracteres, puede ocurrir que el componente ambiental sea nulo o muy pequeño, mientras que en otros el componente ambiental sea tan grande que enmascare el efecto genético o bien, si el componente genético no existe (G=0) porque en realidad no se trata de un carácter hereditario, entonces obviamente el fenotipo o manifestación externa del carácter no depende más que del ambiente. En relación con el papel del ambiente es muy diferente su importancia en caracteres de tipo cualitativo con alternativas claramente definidas, donde suele ser pequeña o nula, que en los de tipo cuantitativo, donde puede ser más o menos importante. La metodología genética permite diseñar los experimentos apropiados para discernir en muchos casos entre el componente genético y el componente ambiental.

En caracteres de comportamiento humano los hay de los dos tipos: cualitativos (todo o nada, presencia o ausencia de tal patrón de conducta) y cuantitativos (por ejemplo, la inteligencia medida por los valores del cociente de inteligencia, CI). En los estudios de genética del comportamiento humano muchas veces resulta muy difícil, si no imposible, diseñar correctamente un experimento sobre todo por la dificultad o imposibilidad material de controlar y repetir tanto los genotipos de los individuos como las condiciones ambientales. De ahí la importancia de los estudios con gemelos si se pudieran realizar en la práctica de acuerdo con modelos experimentales correctos.  Seguro que ya algún científico habrá pensado -sin entrar en los problemas éticos- en la utilización de la clonación humana para obtener repetido un mismo genotipo muchas veces y aplicarlo en estudios de comportamiento: individuos genéticamente idénticos son sometidos a distintos ambientes físicos y culturales para analizar y comparar sus pautas de comportamiento.

Pero vayamos a la vida real, al hombre de la calle.  El desarrollo del ser humano como tal, como persona, es un problema doble de información hereditaria: la herencia biológica (genética) y la herencia cultural.  Desde el punto de vista biológico, cada ser humano recibe de sus padres, vía gametos, una información genética contenida en el ADN; desde el punto de vista cultural, cada ser humano recibe de su entorno familiar y social una información cultural de elementos aprendidos, disponibles generalmente en forma de símbolos escritos o de prácticas consuetudinarias tradicionales. El problema está en cuál de los dos componentes (biológico y cultural) influye más en las pautas de comportamiento individual y social en determinadas circunstancias. Yo no estoy de acuerdo con la postura radical de Lewontin y colaboradores (The Ann Arbor Science for the People Editorial Collective, 1977) que rechazan este planteamiento que ellos consideran una simple solución de compromiso errónea, sobre todo cuando, a mi juicio, hay una contradicción interna en sus propios razonamientos cuando dicen: “Aunque el argumento sintético tiene una apariencia superficial de resolver los conflictos de la controversia..., el enfoque del problema es fundamentalmente incorrecto.” Sin embargo, más adelante añaden: “... los factores biológicos y ambientales están íntimamente relacionados en una compleja red de interacciones entre el hombre y el ambiente que se traducen en las pautas observadas de comportamiento humano y de las instituciones sociales”. Precisamente, en mi opinión, de lo que se trata es de buscar mediante una metodología correcta la evidencia experimental que permita desenmarañar esa compleja red de interacciones genético-ambientales para evitar maximalizar las posturas y caer en los extremos de unos determinismos biológicos o ambientalistas radicales.  Por eso yo hago mías las declaraciones de la Genetics Society de los Estados Unidos cuando, definiendo su posición sobre la controversia “herencia, raza y CI”, establece que “la aplicación de las técnicas de la Genética Cuantitativa está llena de complicaciones y sesgos potenciales, pero experimentos bien diseñados sobre los componentes genéticos y ambientales de caracteres psicológicos humanos pueden proporcionar resultados válidos y útiles a la Sociedad y por ello no deberían ser obstaculizados”.

Dentro del comportamiento individual del ser humano no cabe duda que la ética debe ser también consideradas. La hominización ocurre cuando el homínido en evolución adquiere capacidad de autorreflexión y, por ende, consciencia de sí mismo. El hombre es un sujeto ético porque es el único ser vivo capaz de anticipar acontecimientos y obrar en consecuencia; es decir, de hacer un juicio de valor o de distinguir el bien del mal. Por ello podemos decir que la ética surge como una consecuencia evolutiva, sin que esto quiera decir que los valores éticos sean hereditarios, sino simplemente que los humanos están genéticamente determinados como seres capaces de ser éticos. Podríamos decir que el comportamiento moral de las personas resulta de una compleja influencia cultural (herencia cultural) que utiliza, potencia o interfiere una capacidad genéticamente determinada. Desde el punto de vista filosófico, la Ética presupone la libertad humana; libertad enmarcada -como acabamos de ver- en la doble influencia hereditaria de la herencia biológica y la herencia cultural. Sin embargo, al revivir en este contexto genético la cuestión del “yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset, no estoy cuestionando el libre albedrío -es decir, la capacidad de una persona de tomar tras la reflexión una opción (un patrón de conducta) con total libertad- puesto que ya he indicado que los valores éticos en sí no se heredan en sentido biológico, sino únicamente la capacidad de ser sujeto ético.  Como indicaba Dobzhansky, la evolución no ha prefijado una sola clase de ética en la humanidad, sino que ha hecho a los seres humanos capaces de crear, aprender o asimilar diversos tipos de ética, moralidad o enjuiciamiento de valor.  Se puede hablar de una moral o ética hindú, bantú o cristiana y de que el hombre, como ser libre, las acepte o las rechace por estar capacitado para ello, pero no porque esté genéticamente condicionado a alguna en concreto.  Por todo ello, considero que en las cuestiones referentes a la Ética y a la Moral no se puede olvidar al hombre en su totalidad biológico-cultural.

Quizá alguien podría plantearse si, tal como indicaba antes, realmente la aparición de la ética tiene algún sentido evolutivo.  A este respecto puede ser interesante recordar los datos conocidos de algunas especies animales que parecen mostrar una capacidad ética rudimentaria, ya que se conocen algunas pautas de comportamiento animal que, en juicio de valor humano, serían consideradas como éticas o altruistas, mientras que otras serían tomadas por no éticas o egoístas.  Cuando decimos de alguien que “es un cuco” estamos recordando el comportamiento “egoísta” del cuco, que lo primero que hace en su vida nada más salir del cascarón es echar del nido a los verdaderos propietarios, arrojando fuera sus huevos. Por otro lado, las conductas “éticas” o “altruistas” de tipo familiar pueden estar determinadas genéticamente y sometidas a la acción favorable de la selección natural; así, por ejemplo, un “imperativo biológico” que impulse a los padres a llamar la atención del depredador, aun con riesgo de su vida, para salvar la de sus crías, tiene un innegable valor adaptativo, puesto que contribuye poderosamente a evitar la extinción de la especie.

Sin embargo, Dawkins (1976) considera erróneo el criterio de Lorenz (“On aggression”), Ardrey (“The Social Contract”) y Eibl-Eibesfeldt (“Love and Hate”) -como exponentes cualificados- de admitir que lo importante en la evolución es lo que sea bueno para la especie o el grupo en vez del individuo o incluso el gen. En su obra “El gen egoísta”, Dawkins utiliza el siguiente símil: si se nos dice que alguien vivió una larga y próspera vida en el mundo del hampa es obvio que, sin haber conocido a esa persona, nosotros podemos deducir que sería violento, rápido en el disparo, capaz de conseguir amigos leales, etc.  En definitiva, debería tener unas condiciones que le permitieran adaptarse mejor a las condiciones de su entorno vital y sobrevivir en un mundo difícil.  Así -dice Dawkins- nosotros, como cualquier otro ser vivo, somos máquinas creadas por nuestros genes y, como aquel hombre del hampa del símil utilizado, nuestros genes han sobrevivido durante millones de años en un mundo altamente competitivo, atribuyendo esa supervivencia a una característica predominante: al egoísmo sin piedad de los genes. De ahí que -extrapola Dawkins- este egoísmo del gen tiene (?) que dar lugar al egoísmo del comportamiento individual; en consecuencia, concluye, “procuremos enseñar generosidad y altruismo porque nosotros nacemos egoístas. Comprendamos lo que nuestros propios genes egoístas están ocupados en hacer, ya que podemos luego al menos tener la oportunidad de desbaratar sus designios, cosa a la que ninguna otra especie ha aspirado jamás”.

Si un organismo -virus, bacteria, animal o humano es “lo que estructuralmente exige su ADN que sea”, se explica, como señala Dawkins, la importancia evolutiva del hecho de que los genes controlen el desarrollo, ya que ello puede traducirse en que los genes son parcialmente responsables de su propia supervivencia en el futuro, puesto que dicha supervivencia depende de la eficacia de los cuerpos en los que tales genes “viven” y que ellos mismos ayudaron a construir.  Aquí podríamos recordar el famoso aforismo de Samuel Butler de que “la gallina no es más que el sistema que tiene un huevo de hacer otro huevo”, o dicho de otra manera, “el organismo es el sistema que tienen los genes (el ADN) para fabricar más genes (ADN)”. Aunque el tema es atrayente, no es este el momento apropiado para analizar extensamente la tesis de Dawkins.

Dentro del comportamiento humano, todas las sociedades humanas de las que se tiene conocimiento han tenido códigos éticos o morales más o menos elaborados. Algunos son intrínsecos a la propia naturaleza humana (genéticos podríamos decir, en contra del criterio de Lewontin y colaboradores): es el derecho natural; otros, en cambio, son adquiridos a través del medio cultural (la educación, las normas), pudiendo ser a la vez causa y efecto de la evolución de las costumbres.

En relación con la evolución de la ética, Kieffer señala cómo ésta ha pasado sucesivamente por las etapas individual, familiar y tribal en un pasado ético, por las etapas regional, nacional y racial en un tiempo ético presente, esperando llegue en un periodo ético futuro (¡ojalá que no muy lejano!) a una ética de humanidad.  A veces, ante el surgimiento de algunos movimientos mundiales como los de pacificación, de derechos humanos o de amor a la naturaleza pienso que ese futuro está ya entrando en el presente. Los procesos de globalización que se están produciendo en ciertos sectores (económico, político, etc.) de la sociedad ¿tendrán su correspondencia en el campo de la bioética, permitiendo augurar una más o menos próxima bioética global o universal como algunos preconizan? ¿Cómo valorar la ética de los movimientos “antiglobalización”, “antirracismo” o de conservación de la biodiversidad y la bioseguridad?

Lo mismo que razonábamos para la ética, también puede decirse que existe una base genética de la religión como consecuencia del proceso evolutivo.  Al llegar el hombre en su proceso de hominización a ser consciente de sí mismo y de la muerte, le lleva a preguntarse por su razón de ser, por el sentido de su vida: de dónde viene y adónde va; es la base del fenómeno religioso. En el linaje evolutivo humano se han encontrado indicios de ritos funerarios ya en Homo erectus: los cuarenta restos del “hombre de Pekín” (pitecántropo) encontrados en la cueva de Chu-ku-Tien mostraban el mismo tipo de incisión craneal, lo cual hace pensar en un posible rito religioso. Por otra parte, ya a partir del “hombre de Neandertal” (Homo sapiens neanderthalensis) se encuentran decoraciones en los lugares de enterramiento.  Hay que poner de manifiesto que esa conciencia de la muerte es exclusiva del ser humano como especie biológica y que no debe confundirse con el hecho de que otras especies animales puedan tener un presentimiento de que van a morir (recuérdese el caso de los elefantes). Una cosa es presentir y otra muy distinta tener un sentido anticipado de la muerte. El hecho de estar hoy sanos no significa que no seamos conscientes de que algún día hemos de morir; esa consciencia no la tienen los animales.

Como en el caso de la ética, el hombre no hereda -biológicamente hablando- ninguna religión concreta, pero lo que sí hereda, porque lo lleva escrito en su constitución genética, es la capacidad de ser sujeto religioso y buscar una respuesta a su propio misterio: la trascendencia, la necesidad de relacionarse con un Ser Superior -Dios- que le garantice que no todo termina con lo que nosotros llamamos muerte. Para mí, como creyente, el misterio teológico de la muerte y la resurrección adquiere un nuevo planteamiento desde una concepción monista del ser humano.  No es el hombre cuerpo y espíritu por separado -según la concepción dualista de Platón-, sino espíritu viviente; el hombre es totalmente cuerpo y totalmente alma y -como dice Kasper- ambas realidades son siempre todo el hombre.

Dentro del comportamiento humano, la actividad intelectual -consecuencia evolutiva- nos lleva al mundo del pensamiento, al mundo espiritual. Si desde el punto de vista biológico puede admitirse que el comportamiento es una expresión -la última, la más completa- del desarrollo, no es ilógico plantear que, en último término, el propio pensamiento es una forma de expresión de los genes; es decir, del ADN.  No obstante, lo mismo que en el aspecto evolutivo humano el proceso de cambio es gradual y no puede hablarse de una discontinuidad cuando se alcanza el punto de la hominización, sino de una trascendencia (X.  Zubiri), puede decirse de forma expresa que existe un diferencia cualitativa entre la aportación informativa de los genes como condicionantes del soporte o substrato biológico del pensamiento (cerebro y mente) y el pensamiento en cuanto supone la espiritualización del ser humano. ¿Podría representar esto el nexo de unión entre materia -en forma de ADN- y espíritu? ¿Sería esto la noosfera de Theilard de Chardin (1955)? ¿No cabría pensar que la propia información genética contenida en el ADN humano pudiera ser causa exigitiva del alma racional?  Por todo ello, para mí como genético creyente resulta de enorme significación que San Pablo llame a Adán “alma (espíritu) viviente” (1 Cor 15,45).

 

III. COMPORTAMIENTO HUMANO DE GRUPO O COMPORTAMIENTO SOCIAL

Hace ya mucho tiempo, en 1932, Haldane postulaba que los genes para altruismo podían haber aparecido cuando la humanidad empezó a reunirse en grupos sociales de modo que tribus pequeñas en las que vivieran individuos portadores de genes determinantes del altruismo podrían estar en ventaja sobre otros grupos humanos gracias a la voluntad de alguno de sus miembros de sacrificarse en defensa de la tribu. De aquí que los grupos humanos que poseyeran estos genes y los extendieran por cruzamientos entre sí se multiplicarían mientras que los grupos que basaran su norma de actuación sobre el principio de interés individual serían eliminados. Muchos años después el concepto de selección familiar ha vuelto a ser propuesto como mecanismo evolutivo para promover el comportamiento social altruista. Por selección familiar se define “un tipo de selección natural en la que los individuos genéticamente relacionados cooperan entre sí voluntariamente para buscar su supervivencia más que con otros individuos no pertenecientes al grupo. La selección familiar tendrá un valor evolutivo si con los familiares supervivientes se salva un número de genes para altruismo suficientemente alto, expresando dicho número en relación al de genes para altruismo perdidos por los individuos altruistas que se sacrifican por el resto de la familia o grupo”.

Edward O. Wilson ha aplicado este concepto de selección familiar para estudiar la evolución de las especies sociales como son los invertebrados coloniales, los insectos sociales y los mamíferos no humanos. En su “Sociobiología: La nueva síntesis”, Wilson (1975) desarrolla la tesis de que este comportamiento social está genéticamente determinado, planteándose en el último capítulo de la obra la problemática humana.  A partir de entonces la problemática se encuentra en tratar de estimar cuál es el componente genético del comportamiento social humano. Incluso decía que “la ciencia está ahora en condiciones de abordar el verdadero origen y significado de los valores humanos de los que emanan todos los pronunciamientos éticos y mucha de la práctica política. Solamente interpretando la actividad de los centros motores como una adaptación biológica se podrá descifrar el significado de nuestros cánones de moralidad. Puesto que tradicionalmente los filósofos no han explorado este problema, es tiempo ya para que la ética sea arrebatada temporalmente de las manos de los filósofos y biologizada”.

Según Wilson, “la Sociobiolocía centra su interés, de momento, en sociedades animales, su población y estructuras, castas y comunicaciones junto con la fisiología que subyace en las adaptaciones sociales.  Pero esta disciplina también está interesada en el comportamiento social del hombre primitivo y en sus características de adaptación y organización dentro de las sociedades humanas contemporáneas más primitivas. La Sociología, en sentido estricto, es el estudio de las sociedades humanas en todos los niveles de complejidad y todavía constituye un ente separado de la Sociobiología a causa de su enfoque primordialmente estructuralista y no genético”. “Quizá no sea muy aventurado decir -añade Wilson más adelante- que la Sociobiología y otras ciencias sociales, además de las Humanidades, son las últimas ramas de la Biología que esperan ser incluidas en la Síntesis Moderna (la teoría evolutiva neodarwinista)”. Y termina diciendo: “Una de las funciones de la Sociobiología es pues estructurar los fundamentos de las ciencias sociales de forma que sean incluidas en dicha Síntesis. Queda por ver si las ciencias sociales pueden ser realmente incorporadas a la Biología por este sistema”. Es evidente -y a mi juicio negativo- que este reduccionismo de la Sociología y otras ciencias sociales a la Biología que pretende Wilson llevaría implícita una minusvaloración de la libertad humana en cuanto se refiere a la toma de decisiones o pautas de comportamiento tanto a nivel individual como colectivo. Otra cosa es que las ciencias humanísticas no deben olvidar que su objeto de estudio -el ser humano- tiene un soporte biológico innegable.

Como señala el mismo Wilson, la meta principal de una teoría general en Sociobiología debería ser la capacidad de predecir las características de la organización social a partir del conocimiento de los parámetros de esta población y de la información acerca de los condicionantes del comportamiento impuestos por la constitución genética de la especie.  Tales parámetros deberían ser deducidos del proceso evolutivo de la especie y del ambiente en que se desenvolvió la parte más reciente de su historia evolutiva.

 

IV. EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD: EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Y EVOLUCIÓN CULTURAL

El ser humano es el resultado de la doble herencia biológica y cultural recibida; por ello, nos guste o no, ese binomio hereditario determinará la condición humana en los siglos venideros. Ciertamente que el último logro de la evolución biológica -la capacidad de autorreflexión del homínido- dio lugar al comienzo de una revolución biológica: la evolución de la Humanidad como resultante de la evolución biológica y la evolución cultural.

¿Por qué es la especie humana la única que ha sido capaz de crear la cultura? o, dicho en otras palabras, ¿en qué momento de la evolución nació la cultura?  La contestación es muy sencilla: en el mismo momento en que un homínido fue capaz de utilizar por vez primera el lenguaje simbólico, entendiendo por símbolo cualquier objeto o acto cuya significación no es evidente por sí misma sino más bien socialmente reconocida.  En el caso de la cultura -como en los de la ética y la religión- el ser humano no nace sabiendo, sino que está genéticamente capacitado para aprender; es decir, para ser sujeto culto.  Es obvio que todas las especies animales tienen su lenguaje (cantos de las aves, sonidos de todo tipo, etc.), pero no se trata de un lenguaje simbólico, sino de un lenguaje de signos, entendiendo por signo “algo que anuncia la existencia o inminencia de algún acontecimiento, la presencia de alguna cosa o individuo o un cambio de un estado de situación (Langer)”. La significación de un signo es evidente sin requerimiento de un acuerdo social previo.  La especie humana -que por supuesto también tiene un lenguaje de signos- es la única que utiliza el lenguaje simbólico.

Volviendo a la cuestión que planteaba antes, puede decirse que la evolución de la humanidad se puso en marcha en el momento en que el primer homínido tuvo la suficiente capacidad intelectual como para usar símbolos como medio de expresión de sus ideas.  Cuando se compara la lentitud del componente cultural de la humanidad primitiva que duró cientos de miles o millones de años con la velocidad vertiginosa del proceso cultural de lo que Marías llama humanidad histórica (que corresponde, a lo sumo, a los últimos diez mil años) se pone bien de manifiesto cómo el lenguaje simbólico ha sido el motor de aceleración del proceso.  Por otro lado, la Era de la Informática que estamos empezando a vivir augura una todavía inmensamente mayor aceleración del proceso cultural de impredecibles consecuencias.

Por todo ello, cuando se pretende estudiar la base o componente biológico del comportamiento social humano la cuestión no parece fácil al considerar que -como dice Dobzhansky- la cultura es “un almacén de información y pautas de comportamiento que se transmiten por instrucción y aprendizaje, de manera que son los sistemas simbólicos humanos y no los genes los que juegan el papel central en la transmisión de la cultura”. ¿Hasta qué punto influyen los condicionamientos biológicos (genéticos) en el comportamiento social?  Aunque es obvio, como hemos dicho, que la cultura surge como consecuencia evolutiva y es en principio, por tanto, efecto y causa, se produce inmediatamente una interacción genotipo-ambiente pasando a actuar ya como causa.  Wilson y Lumsden (1981) trataron de estudiar las relaciones entre la evolución genética y la cultural sobre la base de que el problema para ellos reside en el análisis evolutivo del desarrollo cognoscitivo. Con objeto de poder visualizar las posibilidades alternativas parten de la subdivisión de las elecciones culturales (pautas de comportamiento) en unidades discretas tales como el incesto versus relaciones sexuales entre no emparentados, formas alternativas de habitats, mitos de posible creación, vocabularios posibles que describen color, etc. A la unidad de herencia cultural la denominan culturgen (“que engendra cultura”) y la definen como “el conjunto relativamente homogéneo de artefactos, conductas o mentefactos (construcciones mentales que tienen poca a ninguna correspondencia directa con la realidad) que o bien comparten sin excepción uno o más estados de atributos seleccionados por su importancia funcional o al menos comparten una gama consistente de tales atributos dentro de un conjunto determinado”. Según ellos este concepto es consistente con la definición de artefacto usada por algunos arqueólogos. Las propiedades de los culturgenes se sitúan o relacionan con las “estructuras nodulares” (node-link) de la memoria a largo plazo, por lo que pueden ser caracterizadas mediante las técnicas utilizadas por los psicólogos cognitivos en el análisis del desarrollo mental.

Durante su integración en grupos sociales -dicen los mencionados autores- los individuos eligen primero entre culturgenes alternativos mientras van construyendo su memoria a largo plazo, seleccionando después determinadas combinaciones tras reflexionar sobre las alternativas disponibles. Estas elecciones están afectadas por reglas epigenéticas que son las normas regulares en el desarrollo que afectan a la percepción, el almacenaje de la memoria, la valoración y la toma de decisión. Las reglas epigenéticas operan durante la transferencia del culturgen de tres formas distintas en cuanto al tipo de transmisión: transmisión puramente genética en la que sólo se puede transmitir un culturgen, dando lugar a sí a una cultura totalmente genética; transmisión puramente cultural en la que ningún mecanismo cognitivo innato (biológico) condiciona la adquisición y uso de unos culturgenes sobre otros; por último, una transmisión genético-cultural en la que las reglas epigenéticas innatas hacen que los individuos usen con mayor probabilidad unos culturgenes que otros.

Cuando muchos biólogos y sociólogos aceptan que las formas más complejas del comportamiento humano son heredadas por pura transmisión cultural, implícita o explícitamente están aceptando que la mente y la cultura humanas han sido “liberadas” de los genes de modo que la cultura evoluciona independientemente de la biología. Sin embargo, Wilson considera que esta percepción básica del problema es errónea, argumentando la evidencia experimental que ha demostrado que algunos culturgenes son seleccionados o preferidos a otros por una tendencia innata; es decir, por condicionamiento genético-cultural.

Para Wilson la cultura es el resultado a nivel de población de la masa de decisiones individuales de los miembros de la sociedad; de ahí la importancia del análisis epigenético individual de los patrones de comportamiento. A nivel de organismo individual, los circuitos neuronales establecen las reglas epigenéticas, predisponen la mente para ser construida a partir de ciertas estructuras nodulares (node-link) y no de otras en la memoria a largo plazo y operan por medio de procedimientos característicos de valoración y toma de decisión. Como ya hemos indicado anteriormente, las unidades de cultura, los culturgenes, están basados sobre tales estructuras nodulares.  A nivel celular, el sistema nervioso se forma a través de la proliferación del epitelio germinal, la migración y diferenciación de las neuronas y la sinaptogénesis. Todo ello consecuencia, a nivel molecular, de la acción y regulación enzimática durante la embriogénesis; enzimas codificadas por genes cuya frecuencia, presencia o ausencia ha estado y está siendo grandemente condicionada por la selección natural y otros fenómenos del proceso evolutivo.  En resumen, pues, que la coevolución genético-cultural atraviesa todos los niveles de organización biológica: molecular, celular, individual y poblacional.

Es evidente que la hipótesis de trabajo de la experimentación y las conclusiones de Wilson son y serán objeto de controversia, lo cual es lógico y saludable si la controversia se mantiene en terrenos estrictamente científicos. Sin embargo, esto no siempre ocurre así, como, por ejemplo, cuando se plantea el determinismo biológico en términos de “lucha de clases”, de “opresores y oprimidos” (The Ann Arbor Science for the People Editorial Collective, 1977).

 

 

 

V. PARALELISMO ENTRE LA EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Y LA EVOLUCIÓN CULTURAL

En el presente contexto, puede ser interesante incluir aquí unas reflexiones (basadas en Stebbins, 1977, con ampliaciones propias) sobre el paralelismo entre la evolución biológica y la evolución cultural:

1.      En la evolución biológica, la efectividad de la selección natural está basada en la variabilidad genética; es decir, en las diversidad del acervo génico en las poblaciones.  Del mismo modo, las sociedades humanas poseen una diversidad cultural consistente en inventos, técnicas, leyes, costumbres, atributos religiosos, sistemas de educación, logros estéticos (música, literatura, pintura, escultura).  Las diferencias entre los acervos culturales de las naciones y sociedades se corresponden con las diferencias entre los acervos génicos de las especies y poblaciones.

2.      La mismo que en la evolución biológica las mutaciones constituyen la fuente primaria de la variabilidad genética, los inventos y las nuevas ideas filosóficas aumentan el acervo cultural de las comunidades humanas. Si un invento o una idea resultan útiles a la humanidad se mantendrán y extenderán en las sociedades humanas, al igual que un gen aumenta su frecuencia en las poblaciones biológicas cuando confiere un valor adaptativo a los individuos que lo poseen.

3.      Los fenómenos genéticos de migración, cruzamiento y recombinación se corresponden con la difusión de las características culturales de una comunidad humana a otra. Las nuevas ideas filosóficas surgen entremezcladas (“recombinadas”) de otras preexistentes. La globalización de las intercomunicaciones acelerará, sin duda, el proceso.

4.      Lo mismo que el efecto fenotípico de los genes puede cambiar al pasar de una población a otra al variar el ambiente en que se encuentran, las mismas ideas difundidas en sociedades distintas pueden adquirir propiedades y matices diferentes.

5.      Al igual que en la evolución biológica pueden tener importancia los fenómenos de coadptación (coevolución) de sistemas genéticos diferentes como respuesta a los cambios en el ambiente biótico (predador-presa, parásito-huésped, simbiosis), en la evolución cultural se puede producir la transformación de los acervos culturales en respuesta a las alteraciones del ambiente cultural. Aquí podría hacerse referencia  a la “occidentalización” de las culturas africanas y asiáticas, por ejemplo.

6.      Así como la evolución biológica es lenta, la evolución cultural avanza muy deprisa debido a que la difusión cultural es más rápida que el flujo génico, puesto que puede afectar a toda una comunidad humana en menos de una generación.  La información tiene un efecto multiplicativo en la evolución cultural: a cada nueva generación que surge se le suministra -gracias al lenguaje simbólico- toda la experiencia acumulada por generaciones anteriores. Si ya de por sí la evolución cultural es acelerada, esa aceleración se ha intensificado enormemente a partir de los dos últimos siglos. Con el avance de la técnica (radiodifusión, comunicaciones, etc.) han desaparecido las barreras de aislamiento cultural que han existido durante siglos y milenos entre las naciones. Sin embargo, a nivel de evolución biológica, las barreras interespecíficas de aislamiento son difíciles de romper.

7.      Como dice José Saramago en su novela “La caverna” (Alfaguara, 2000) en la que describe cómo una familia de alfareros comprende que ha dejado de serle necesaria al mundo, “todos los días se extinguen especies animales y vegetales [lo mismo que] todos los días hay profesiones que se tornan inútiles [y desaparecen], idiomas que dejan de tener personas que los hablen, tradiciones que pierden sentido, sentimientos que se convierten en sus contrarios.”

8.      Lo mismo que en biología existe un fenómeno homeostático tanto a nivel de desarrollo de los individuos como a nivel de mantenimiento de la variabilidad genética en las poblaciones, a mi juicio la sociedad moderna trata de superar sus crisis con el efecto homeostático de los organismos internacionales en el plano político, y las empresas multinacionales en el plano económico, de manera que cada vez se van haciendo más difíciles las decisiones unilaterales que puedan incidir poderosamente en la marcha de la sociedad mundial. No hay duda alguna que el proceso de globalización tendrá un efecto importante.

9.      A nivel político, el pluralismo frente al totalitarismo es equivalente al valor de la heterocigosis frente a la homocigosis en el valor adaptativo del individuo y en la plasticidad de las poblaciones para adaptarse a las nuevas situaciones ambientales. Al exponer estas ideas en cierta ocasión en una conferencia, uno de los asistentes matizó lo siguiente: “y lo mismo que existe un ‘lastre genético segregacional’ en las poblaciones se puede encontrar su paralelismo con algunas de las consecuencias de la ‘heterocigosis’ política; es decir, de la democracia. Por ejemplo cuando se hace mal uso de la libertad de expresión o cuando hay que aceptar en el juego político a los partidos extremistas”.

10.  Al considerar las interrelaciones entre el genotipo y el ambiente hay que tener en cuenta la posibilidad de que haya una correlación entre ambos componentes del fenotipo de manera que los mejores genotipos disfruten del mejor ambiente. Esto puede suceder de forma natural o inducido por la acción humana. Por ejemplo, imaginemos una camada en una especie multípara en la que los hermanos recién nacidos disputan entre sí por la comida. Puesto que la constitución genética de todos ellos es distinta, cabe pensar que nada más nacer puede haber diferencias en vigor atribuibles únicamente al genotipo.  Si esos individuos más vigorosos por su constitución genética se alimentan mejor que los menos vigorosos al competir con ellos por el alimento, la consecuencia es evidente: cada vez habrá mayores diferencias fenotípicas entre ellos, pero ya no sólo por sus diferencias genotípicas, sino porque además los individuos de mejor genotipo se alimentan mejor.

Lo mismo puede ocurrir por intervención humana. Por ejemplo, si un ganadero tiene varias vacas lecheras, es posible que alimente más y cuide mejor a las que por su constitución biológica (genotipo) producen más leche. La consecuencia es obvia: cada vez habrá más diferencia de producción entre las vacas de buen genotipo y la de genotipo más pobre puesto que su fenotipo (la producción lechera) se verá favorecida en las primeras no sólo por su propia constitución genética (genotipo), sino porque además disfrutan de un mejor ambiente.

Estos casos tienen un paralelismo evidente a nivel humano individual y social. Por ejemplo, aplicando esta conclusión a la problemática de la inteligencia humana y admitiendo una cierta base genética de la misma significaría lo siguiente: si las personas tienen distinta constitución genética, aun cuando supusiéramos que en la primera etapa educacional todos tuvieran iguales facilidades (ambiente físico, socioeconómico y cultural), resultaría como norma general que el mejor fenotipo (mejores resultados en sus estudios) de las personas genéticamente más inteligentes se verían premiadas con becas y mayores facilidades de estudio. Es decir, la correlación genotipo-ambiente produciría un proceso irreversible que separará cada vez más a los individuos de la población humana en fenotipos con niveles de conocimientos muy superior e inferior. ¿Cómo se podría llegar, por tanto, en la vida real a una verdadera “igualdad de oportunidades”?

A nivel de grupos sociales -naciones por ejemplo- la aplicación al terreno socioeconómico y cultural queda reflejado en las diferencias cada vez más acusadas entre los países más y menos desarrollados. Las diferencias tecnológicas y científicas aumentan sin cesar. No obstante -y quede bien claro para que no se me tache de racismo- que en este ejemplo me estoy refiriendo exclusivamente al componente ambiental del fenotipo final resultante, no a las diferencias genéticas.

11.En unidades métricas, las curvas de distribución fenotípica de las poblaciones son ajustables a curvas normales teóricas (curvas de Gauss). Si en una determinada población se seleccionan como reproductores únicamente las individuos que poseen un fenotipo por encima (o por debajo, si la selección es negativa) de cierto valor, entonces la media de la generación filial de esa población vendrá incrementada (o disminuida) en un valor que se denomina “respuesta a la selección” y que se expresa como R=h2 x S, siendo S (“diferencial de selección”) la diferencia entre el valor fenotípico medio de los individuos seleccionados en la generación parental y el valor fenotípico medio de toda la población parental y h2 la “heredabilidad” del carácter que, dicho en pocas palabras, representa la proporción de variación fenotípica total atribuible a la variación genética presente en la población.

La selección natural, entre otras formas, puede actuar favoreciendo a los individuos con fenotipos intermedios en contra de los que representan valores extremos altos o bajos (en cuyo caso se llama “selección estabilizadora o centrípeta”), o bien puede actuar favoreciendo a una u otra de las clases por encima o debajo de la media (en cuyo caso se denomina “selección direccional”).  Pues bien, en muchas ocasiones se ha podido demostrar que la selección natural es estabilizadora, favoreciendo a los denominados “fenotipos óptimos” cuyo valor se corresponde aproximadamente con los de la media de la población.  En otras palabras, por regla general, la selección natural es más bien conservadora y si en algunos casos se manifiesta como “selección direccional”, aunque el resultado sea un cambio progresivo en una u otra dirección, la respuesta -el cambio- se va haciendo gradualmente. Me parece a mí que los responsables de los cambios sociopolíticos en un sentido o en otro en muchas sociedades deberían tomar ejemplo de lo que la biología de poblaciones enseña.

Otra cuestión que puede tener consecuencias para el futuro es la siguiente: Si existe una base genética para la inteligencia y si hubiera -por razones histórico-biológicas una cierta correlación con el status social de la sociedad actual- las diferencias del tamaño familiar en los diferentes grupos sociales producirá un cambio sustancial en las frecuencias génicas de las poblaciones que podría afectar lógicamente como consecuencia a la manifestación fenotípica; es decir a su acervo cultural. No trato con esto, ni mucho menos, de justificar ninguna medida sociopolítica; simplemente describo una situación que puede ser real.

Así como he manifestado antes que no me parecía un lenguaje adecuado dentro de la controversia científica el hablar de “lucha de clases” y de “opresores y oprimidos”, sí hago mías las palabras que esos mismos autores (The Ann Arbor Science for the People Editorial Collectuive, 1977) utilizan en el epílogo de su obra: “... la plenitud del potencial humano no se descubrirá por los debates de los académicos en nuestra sociedad actual, sino por el esfuerzo consciente de la gente para construir una sociedad mejor”, pero en ese esfuerzo común y en ese término genérico “gente” no puede faltar tampoco, a mi juicio, la ciencia objetiva y apolítica que no tiene por qué ser elitista como ellos dicen.

 

VI. EVOLUCIÓN Y PROGRESO: PROGRESO BIOLÓGICO Y PROGRESO CULTURAL

En los párrafos anteriores nos hemos estado refiriendo a la evolución, ya sea biológica ya sea cultural. Una pregunta es obligada: ¿la evolución significa progreso? Las definiciones de progreso que se pueden encontrar en los diccionarios y enciclopedias son variadas; por ejemplo: “acción de ir hacia delante”; “aumento, adelantamiento, perfeccionamiento”; “movimiento de avance que experimentan la civilización y las instituciones políticas y sociales”; “desarrollo gradual de la sociedad, de sus condiciones materiales de existencia y de sus aptitudes intelectuales, que no siempre son correlativas”. Seguro que más de uno pondría reparos o añadiría matices a estas definiciones: un sí, pero...

            Aunque el término progreso biológico está relacionado con otros términos tales como “cambio”, “evolución”, o “dirección”, sin embargo no siempre son términos identificables. Puede haber cambio y evolución no progresivos; por ejemplo, una mutación letal o la evolución de una línea filética ya extinta (a este respecto hay que recordar que más de un 99% de las especies que han existido en el curso de la evolución han desaparecido). Por otro lado, aunque el progreso implica un cambio direccional, la recíproca no es cierta puesto que no todo cambio direccional implica progreso. En consecuencia, Ayala (1974, 1977) define el progreso como “un cambio sistemático de una característica común a todos los miembros de una secuencia, de tal manera que los miembros posteriores de la secuencia muestran una mejora de dicha característica” o, dicho más brevemente, “un cambio direccional hacia lo mejor”.

Como señala el mismo autor, el concepto de progreso biológico contiene un elemento descriptivo (el cambio direccional) y un elemento evaluativo o axiológico (el cambio debe ser de peor a mejor). Atendiendo a uno u otro de los dos elementos esenciales del concepto, se pueden identificar varios tipos de progreso. Dentro del criterio descriptivo se puede distinguir entre progreso uniforme y profeso neto, entre progreso general y progreso particular. Según Ayala, en la evolución biológica no se da progreso uniforme, sino sólo neto; además, el progreso evolutivo es en la mayoría de los casos de tipo particular puesto que ocurre solamente en ciertas líneas o durante cierto tiempo. La única clase de progreso general es, tal vez, la expansión gradual de vida: contenido en ADN, número de especies, número de individuos, biomasa, tasa total de flujo de energía.

Dentro del criterio evaluativo o axiológico existen muchas perspectivas bajo las que se puede identificar el progreso en la evolución, no habiendo a priori una mejor que otras. La única razón para preferir un criterio sobre otro es que nos permita esclarecer mejor la realidad natural. Uno de tales criterios es el de considerar el “aumento o capacidad para obtener y procesar información sobre el ambiente”. En los vertebrados esta capacidad está relacionada con el desarrollo del neopalio, el cual está involucrado en la asociación y coordinación de toda clase de impulsos procedentes de los órganos receptores y los centros cerebrales. Evolutivamente, el neopalio aparece en los reptiles, llegando en los mamíferos a constituir el cortex que cubre la mayor parte de los hemisferios cerebrales.

Bajo este criterio axiológico de progreso en relación con la capacidad de obtener y procesar información sobre el ambiente, así como para otros muchos criterios, los organismos más avanzados son los seres humanos. De hecho, la humanidad se ha adaptado al ambiente. El descubrimiento del fuego por Homo erectus le facilitó, sin duda, la posibilidad de alejarse de las zonas tropicales de Africa en donde se originó. Lógicamente, en esa adaptación al ambiente, la evolución cultural ha influido mucho más que la evolución biológica. Así, de la utilización del fuego y las pieles de animales para abrigarse podríamos llegar al submarino, el avión o el traje espacial para colonizar, si fuera preciso, el mar, el aire o la inmensidad de los espacios interplanetarios.

¿Puede querer decir esto que ya no se está dando la evolución biológica en la humanidad actual? En absoluto, puesto que siguen existiendo las dos condiciones necesarias y suficientes para que se dé la evolución: la variabilidad genética y la reproducción diferencial (como resultante de una mortalidad y fertilidad diferentes).

En definitiva, pensamos que el hombre puede representar el cenit del progreso biológico, pero ¿es ello cierto? ¿es realmente progresiva la evolución? Por ejemplo, el hecho de que el linaje de las bacterias, que se remonta a tres mil quinientos millones de años, no se haya extinguido ¿implica progreso (adaptación) o simplemente falta de evolución? Por otro lado, desde el punto de vista de la complejidad creciente, la evolución sí que es progresiva. Una posible explicación de esa creciente complejidad va implícita en la irreversibilidad del proceso evolutivo: cuando un organismo alcanza cierto nivel de complejidad, cualquier mutación que supusiera un “retroceso” sería, en buena lógica, eliminada por la selección natural al tener menor valor adaptativo los individuos portadores de dicha mutación. De hecho, muchas veces se utiliza en el discurso evolutivo el símil del “trinquete”, aludiendo al mecanismo que impide el retroceso de una rueda dentada. Unicamente, quizá, un cambio simultáneo en las condiciones ambientales podría retrotraer al organismo a la situación evolutiva anterior; es decir, se estaría dando una “evolución regresiva”. Sin embargo, los evolucionistas consideran esta posibilidad como muy poco probable.

En este contexto de complejidad creciente evolutiva se podrían recordar aquí las palabras del personaje del cuento de Lewis Carroll “Alicia en el País de las Maravillas” que, al andar en dirección contraria sobre una cinta transportadora que aceleraba su velocidad, decía que “cada vez hay que correr más para estar en el mismo sitio”.

Por otro lado, el decir que el proceso evolutivo es aleatorio e irreversible nos puede recordar las palabras del poeta Antonio Machado llevadas a la canción por Joan Manuel Serrat:

“Caminante, no hay camino/ se hace camino al andar ... y al volver la vista atrás/ se ve la senda/ que nunca se ha de volver a pisar”

o como dice el refrán, “agua que va río abajo, arriba no ha de volver”.

Si nos referimos ahora a la evolución cultural podemos volver a plantear la misma pregunta inicial: ¿la evolución cultural significa progreso? Tampoco aquí la respuesta puede ser taxativa: unas veces sí, otras veces no; depende del criterio con que se evalúe el concepto de progreso cultural. La tecnología, la urbanización, etc. son, sin duda, avances culturales que, sin embargo, pueden tener efectos negativos en la calidad de vida como son la deshumanización y la masificación: la pérdida, en definitiva, de la individualidad e idiosincrasia humanas. Sin embargo, el proceso parece irreversible: lo mismo que la evolución biológica produce un proceso de complejidad creciente tal como se razonaba anteriormente, en la evolución cultural es posible que ya no sepamos vivir sin los confortables adelantos técnicos de una sociedad industrializada y urbanizada, a pesar de que muchas veces nos podamos sentir agobiados por el propio progreso. Por ello, hago mías las palabras del profesor Juan Oró:

“Pido a la tecnología moderna la facilidad de intercomunicarme con mis semejantes sin que el ruido de los aviones me enloquezca ni las radiaciones maten mis células. Pido utilizar la energía fósil sin que la contaminación devaste nuestras costas, o la energía nuclear sin que ello produzca en mis descendientes anomalías genéticas eternas”.